reconoce sus orígenes

Mc-ondo

Publicado: 2010-09-07

El Boom Latinoamericano es un periodo de nuestra literatura que nace en la década de los cuarenta, crece en los cincuenta y llega a su apogeo en los sesenta, abarcando una narrativa en cierto modo opuesta a la indigenista (sin duda, una respuesta), que nos puso en el ojo de la tormenta artística, social y cultural de Occidente.   Es difícil hablar del boom como un movimiento propiamente dicho. Porque aquí no hubo movida, ni concenso; García Márquez no habló con Rulfo sobre alquilar un local o comprar pancartas o matar al Papa. Según Rulfo de lo que le habló fue de transformar la literatura del continente, y al quererla cambiar juntos, (pero no revueltos), fue ineludible el brote de una serie de características comunes que encerraron el espíritu de una nueva conciencia social y creativa, unas ambiciones y una época. Por ejemplo, la política, historia, cultura y sociedad latinoamericana en reivindicación de las clases desfavorecidas por medio de la metáfora, sea apenas con un dejo o marcado regionalismo, se cuelan en el boom con frecuencia, mas no siempre (el mejor ejemplo: Rayuela… yo amo Rayuela, cuántas veces me morí de ganas de conocer a Horacio que en mi mente se perdía con Cortázar…pero para hablar veinte minutos de los huevos del gallo y chau). El punto es que en el “peor de los casos” se procura mantener la importancia de la idiosincracia latinoamericana. Tampoco se respeta la cronología de los hechos, ni los espacios, ni hay siempre línea divisoria entre diálogo y pensamiento de los personajes, ese tipo de cosas y el espíritu refundador de Latinoamérica, palabras precisas, son las que hacen el boom. En éste contexto aparece Cien Años de Soledad (1967), como muchos sabemos, un pez gordo del boom. Una novela total, como le dicen, que nos narra a historia de la dinastía Buendía, en un pueblo de Caribe ficticio llamado Macondo cuya historia a su vez se desarrolla y entrelaza página tras página con aquella de la familia. El género es el realismo mágico, en donde lo real - valga la redundancia - convive con eventos maravillosos, fantásticos, metáforas de lo vivido tal y como si se tratara de poesía y que además, en Cien Años de Soledad, llevan el planteamiento detrás de que así como se cuentan, así es en verdad nuestra historia y nuestro día a día. Aquí hay niñas que solo comen tierra, mujeres que de repente vuelan y no regresan, las casas pueden empujarse todas en dirección al sol, máquinas donde depositar los malos recuerdos, dentaduras que caminan solas, ¡hay lectoras de Tarot! (¡pero, claro, en Europa no!), ¿notaron lo interesantes que somos? ¿lo folklóricos? ¿mágicos? ¿intensos, “divertidos - ...raros”? Y si es así, ¿qué? Tenemos de esos. Pero tenemos McDonald’s y Shakespeare también (sobre todo lo primero...), y aquí pasan muchas cosas maravillosas que de maravillosas no tienen nada, por la sencilla razón que son nuestro día a día, y el de un realmente grande, enorme pedazo de Tierra. Eso no es lo inconcebible, lo que sí lo es es que se ose comentarnos como dentro de bola de cristal y llamarnos “maravillosos”...antes que, tomar aire, pensar, y recordar que simplemente somos: diferentes.Diferentes.Di-fe-ren-tes.Diferentes del resto del planeta, del mismo modo en que el resto del planeta es diferente a su resto del planeta (Asia, África, esos raros).Cito y me quiero explayar tomando como referente Cien Años de Soledad porque es de todas las novelas del boom la que mejor conozco. Es que siento que... podrán haberse ido los españoles, podrán pasar los siglos, podremos los latinoamericanos ser todos de países con gobiernos a los que por igual les importamos, podremos haber encontrado la manera de querernos blancos, indios y negros fuera de la televisión, ¡y encima! ¡ser todos ricos! Pero lo que parece que jamás va a pasar, por más que todos los García Márquez que queden por existir construyan una de nuestras novelas favoritas con la mejor de las intenciones, es que...en el fondo de sus cabecitas, en el fondo de las cabecitas de todos y cada uno de los nórdicos que a los García Márquez van a premiar, siempre habrá algo ahí…algo que no nos permite pasar por el mismo lente que el resto de Occidente, sin tener que dejar a la vez de ser nosotros, ser diferentes de ellos. ¿Por qué tenemos que ser eternamente los exóticos?, ¿los estéticos?, ¿la poesía?, ¿por qué siempre los puros inocentes que fueron corrompidos por los malos, muy malos señores civilizados…? y que ahora que lo saben, todo lo que desean es una segunda oportunidad (Macondo era lindo hasta que llegó la política “normal” y la coorporación “normal” y se fue a la verga). Siempre tuvimos cosas mejores que un puto hielo y gracias, pero podemos corrompernos solos. A nuestra manera. Que en el fondo es la misma. Los intelectuales, artistas y pensadores latinoamericanos…cada vez menos, (se han alejado Años Luz de lo que fueron los indigenistas definitivamente), sobre todo en su etapa vanguardista, en su etapa fresh, se sitúan siempre de un modo idóneo (mas no el único), un paso adelante en cuanto a comprensión del entorno se refiere. Pero no confundamos dar un paso adelante con el último del camino. Número uno: Somos occidentales, le pese a quien le pese. Nuestro territorio con seres vivos tiene más “Grecia” que Tahuantinsuyo, Maya, Azteca, y más bien es gracias a la modernidad vivida a nuestro estilo y sí, acorde a nuestra historia, que somos los que somos. Número dos: Ese estilo no esta ahí para hacernos para hacernos reír, para hacernos cantar, para hacernos vibrar, esta para vivirse. Si por ahí a algún romántico se le da por ahí, bienvenido sea a Polvos Azules para comprarle al mágico choro de celulares (la encarnación de Melquíades, igualito), la película Avatar. Y helado al costado, si total se va a ver acurrucadito en la cama...¿Ya ven, gringos? Somos igualmente aburridos. Vayan a estudiar a su mamá. *El título del post presentado no fue mínimamente inspirado en aquel del movimiento literario "Mcondo", ni implica identificación alguna con sus ideas o las de cualquier otra agrupación semejante (muy importante, esos tampoco nos caen).                                                                                                                                     Raquel Niego


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